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sábado, 20 de noviembre de 2010

trasnoche de galgos


se me dibujó un círculo
en el estómago
después de la media vuelta que diste.
y con imanes en las puntas
se cerró en mi barriga
casi perfecto
por dentro y por fuera
mágico, suave y culebra.

el círculo me enfría el ser,
me esponja, como un algodón
que sopla lo húmedo
con polvo de aire marino.
pero nada queda, que no sea mío.
ya todo estaba allí. mullido.

me ondulo con el círculo.
mi vientre respira todo conmigo.
después de anoche y escucharte
en el estómago tengo un círculo
sereno, vacío de tantas cosas,
completo por del todo.



macarena.

jueves, 1 de julio de 2010

buscabas sorprenderme?


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sorprendentemente
quiero sorpresarte
so.pesar
sor. pender
pender de ti
de los hilos de tu pie.l
perder.sor.
sor.tarme y que me veas
suelta por ahí
como una hilacha libre.
pero, para qué quiero
sorprenderte?
penderte?
tarte?
si a ti casi todo te sorprende,
seré el casi que no
hasta que me cuelgue de la soga
no para morir
sino para cruzar la selva
en una liana.
líate de mi!
sor.líe
leí...
leí...
sorleí,
que esto ya, es un lío, pero no tanto aún,
todavía.

macarena.


viernes, 21 de marzo de 2008

Vejez

“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas.”


Marguerite Duras
El amante



No es la primera vez. Hoy me vi desnuda frente al espejo. Me vi como dentro de cincuenta años. Eso fue hace unos meses.
En distintos momentos de la vida empezamos a ser lo que somos.
No somos más que memoria.
A los quince y medio, casi todos los días del año curricular, me detenía a ver cómo una compañera de clase que se sentaba delante, movía su pelo por el aire. Cómo sus manos, una y otra vez, llevaban de acá para allá esa lluvia-melena lacia y marrón, cayendo y subiendo, hasta convertirse en una cola de caballo. Recuerdo que, luego de presenciar ese ritual, dedicaba algunos segundos a pensar por qué eso me llamaba la atención. Me gustaba. Y después de pensar eso, lo que hacía era pensar que ese hecho marcaría mi vida. El conjunto: observación, reflexión y conclusión; todo eso, marcaría mi vida.
Y ahora lo escribo. Tal vez tengo miedo de olvidarlo, y que deje de existir esa parte de mi.

Remo...

“La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie."

M.D.

martes, 22 de enero de 2008

amalia



Amalia se llena la boca de pasta de dientes y escupe sobre la pileta.

Estoy segura de que tiene la barriga llena de agua, la vejiga llena de orina, y quiere reventar pero no puede.

Amalia: no importa el color de tu pelo, ni el de tus ojos, no importa ninguno de los recovecos de tu cuerpo, que era hermoso. No importás tú, aunque insistas junto a la heladera o frente a la ventana.

La gente pasa y mira. Mira y no hace nada. Las personas quieren morirse de viejas y sin problemas. Como tú, y como yo.

Más conveniente sería que te cortaras el pelo y dejaras de ponerle tinta roja al shampoo. Más valdría que cuando te sientes a esperar que se termine la siesta, te vistas y no te quedes en camisón, ni semi desnuda.

Tu desnudez ya me da pena. Y te hablo como hombre, porque cuando te hablo, me hablo a mí misma. Tan original soy…

Amalia, no vuelvas a morirte nunca más. No vuelvas. Amalia, veo tu espalda, lisa y color ocre, sobre el colchón tirado en el suelo. Veo tu espalda y quisiera tocarte con mi mano. Dejar mi mano sobre tu espalda. Soltar mis dedos, dejarlos caer.

Amalia, la sábana te cubre recién cuando empieza tu cadera. Tu pelo largo sobre la almohada, un mechón a punto de resbalar por tu hombro derecho. Tu espalda levemente encorvada, acurrucada, pero larga, como un camino que se ensancha.

En lo que resta libre de la cama ya no hay nadie. Se ha ido. Tan rápida, tan invisible es su presencia. Y te ha dejado tan sola…yo no entiendo, ¿cómo es posible?

Quisiera acostarme junto a ti y morirme a tu lado. Amalia, duermo al compás de tus pulmones. Duermo, pero antes cuento una a una tus vértebras, y me enamoro.
Remo...